martes, 27 de abril de 2010

Mi oficio como Fotógrafo

Camino con una cámara fotográfica Nikon F4 entre las manos. La única distancia que me separa de una cámara Leica prototipo II de 1919, es un nudo de ese océano llamado Tiempo... El golpear del Sol en el ambiente, el ulular del viento por encima de este gran tablero de ajedrez que es el planeta, el vertiginoso girar de las manecillas del reloj. El mismo sol, el mismo viento, el mismo reloj, el mismo océano de tiempo. Pero las leica prototipo II se han ido, y también las magníficas browning de cajón. Si mi cámara pudiera ahora trasponer la barrera del océano del tiempo como me permite atravesar este espacio presente, el mundo tendría el mismo aspecto que ahora. Y en este mismo aire, en otro bloque de aire viejo, llegarían de todos lados las canon, las retínete, las kodak, para captar con sus lentes el paisaje y los rostros. Y volverían también, en bandadas y manadas, los Nadar, los Daguerre, los Álvarez Bravo, los Cartier Breson, los Frank Cappa; ruidosa muchedumbre de testigos y documentalistas andando en círculo, en un día como el de hoy.

Existe el fotógrafo, así, como ser que porta una cámara equipada y con una visión particular, para registrar rebanadas de tiempo. Uno de ellos, misterioso y anónimo, lucha contra mí, compite conmigo a la hora de registrar en los negativos la noticia del momento, los acontecimientos del mundo. Este personaje misterioso, este fotógrafo que trabaja para otro medio de comunicación que compite con el mío, este fotógrafo de cuya vida y pensamientos sé tan poco, se convierte en mi mente en un ser muy semejante a mí mismo, que opera una cámara fotográfica equipada con lentes intercambiables, filtros, rollos, fotómetros y flashes, no porque ame competir conmigo por la mejor fotografía, sino porque ama a su cámara y la tarea de tomar fotografías con destreza y valor, sea cual fuere la empresa periodística a la que pertenezca; no puede divorciarse de la tarea de competir, de derrotar a los demás fotógrafos a la hora de realizar el trabajo y obtener la imagen más oportuna, más significativa de un hecho relevante.

Independientemente de los conflictos de la competencia profesional. Disfruto la tarea de operar mis cámaras y tomar fotografías; hacerlo me hace sonreír y sentirme despierto y alerta, sumido en la intensa individualidad de observar la realidad a través del visor de la cámara; en esencia, libre. Y esta libertad me proporciona una sensación tan intensa, que dibuja en mi rostro una sonrisa que no puede transformarse en una expresión madura y solemne. Porque, en cierto modo, la libertad es diversión.

Ejerzo mi oficio como fotógrafo documentalista y periodístico desde hace casi 25 años; durante este tiempo he tenido la oportunidad de fotografiar fealdad y belleza, la noche y el día, la vida y la muerte, la risa y el llanto, el desierto y la tundra; solamente he ejercido mi oficio. ¡Adiós a la esperanza de que algún día podría convertirme en un superhombre!. La más cándida de mis amigas, que se dedica a tomar dictados de su jefe, podría tomar una cámara moderna automatizada y hacer imágenes aceptables. Si quisiera, también podría hacer imágenes documentales.

Separado de mi cámara, soy un hombre cualquiera, y bastante inútil, por cierto (jinete sin caballo, escultor sin mármol, sacerdote sin dios). Sin mi cámara fotográfica soy un solitario bebedor de café y consumidor de chocolate amargo; soy un fulano que se forma en la fila de la caja registradora del supermercado, el que compra sus bolsas de frutas y legumbres, su despensa mínima y sus botes de nutela. Soy el tipo delgado de los anteojos de abuelita, que ni siquiera aprendió a tocar la guitarra.

Pero, así como la melodía de más difícil ejecución cede ante la persistencia de un ser interior que se alberga en la persona del guitarrista que lucha contra las cuerdas, mi ser interior lucha contra los controles y mecanismos de la cámara fotográfica hasta vencerla y agotar su programa de trabajo, con lo cual me convierto en algo más que un fulano formado en la fila de la caja registradora. Tanto en el jinete como en el escultor, en el sacerdote como en mí, vive un ser interior que respira únicamente en función de su trabajo, de su oficio, de su vocación.

No soy un superhombre, pero tomar fotografías es una manera interesante de ganarse la vida, de suerte que me conformo con seguir siendo el mortal de siempre y desecho el pensamiento de que me convierto en un ojo mágico cuando tomo fotografías.

No cabe duda de que los fotógrafos de las películas son superhombres. La técnica cinematográfica los hace así. Sobre la pantalla del cinematógrafo, a través del ojo de la cámara selectiva, se contempla el panorama que se ve desde el visor de una cámara de 35 milímetros, sólo que sin cámara, y las perspectivas que se observan desde el lugar que ocupa el fotógrafo. En la pantalla, el “clic” del disparador llena la sala colmada de ecos, las imágenes registradas en los negativos se observan como rebanadas instantáneas y el fotógrafo se mantiene imperturbable, con los ojos entrecerrados en gesto de valentía. Trabaja bien peinado y sereno, para que podamos ver sus ojos a la luz del sol.

Esta manera de plantear las cosas es lo que fabrica al superhombre, al héroe, al audaz hombre de la fotografía, al bravo creador de imágenes impactantes. Pero la otra cara de la moneda es muy distinta. Cuando se está solo, con la cámara delante de los ojos, cambia el argumento de la película. Nadie nos ve, nadie nos escucha, de manera que, incluso, la ropa puede arrugarse mientras trabajamos.

No veo una cámara pulida y reluciente operando en cámara lenta ni las imágenes que registro como arrancadas a la realidad que enfrento. Aprieto el disparador del aparato, mantengo fija la cámara mientras observo la composición de la imagen, y escucho el sonido rítmico del motor de la cámara, mientras el resto de mis sentidos me orienta para mantener el equilibrio. A decir verdad, no me siento en tales momentos, ni osado ni valiente, pues este es mi trabajo y trato de desempeñarlo lo mejor que puedo, al igual que otros cientos de fotógrafos lo hacen todos los días. Mi cámara no es un aparato limpio y reluciente como recién sacado de su estuche; por el contrario, permanece quieta mientras la realidad frente a ella explota, y en su cuerpo se marcan los signos del ambiente que registra.

No hago nada fuera de lo común. Todos los asistentes al cine saben que apretando permanentemente el disparador, el motor registra imágenes en secuencia, y cualquiera sabe perfectamente que los distintos lentes intercambiables sirven para elegir de qué modo captamos las imágenes, que los filtros sirven también para proteger la superficie de los lentes y que un tripié resulta inútil cuando se encuentra uno en constante movimiento. Todos los aficionados al cine saben esto. Y sin embargo, sigue siendo interesante la vista enmarcada en negro que se ve al llevarse la cámara al rostro, desde los asientos de una sala colmada de gente.

Jamás se habla en las películas de lo fácil que resulta operar una cámara; sin embargo, el manejo de una cámara profesional es algo muy difícil. Pero, tal vez, si toman ustedes sus cursos de entrenamiento, podrán convertirse en seres distintos, dotados de la capacidad y la intuición sobrenatural que les permitan manejar cámaras fotográficas y registrar los acontecimientos del mundo. Traten de hacerlo, amigos, que esta época necesita personas de acero templado.
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